sábado, 12 de enero de 2013

Depredadores en el asfalto

Es tarde. Muy tarde. Demasiado tarde. Mucho cansancio, unas agujetas tremendas en los muslos debido a dos horas y media de viajes en un altillo agachado transportando palomas. Pero tengo ganas de escribir esta entrada. Dormiré poco más de 5 horas si me doy prisa, así que mañana voy a estar en plena forma, vamos...

Mientras fumaba fuera, viendo un cielo estrellado con nubes increíble, podía escuchar los ronquidos de los cerdos vietnamitas que pasan la noche rebozados en paja, en sus casitas. Las ovejas dormían plácidamente en una parte elevada del terreno, y las ocas bailaban con Morfeo sobre una sola pata y la cabeza agachada.

Bueno, tampoco era tal que así ¿eh? No me he tirado al ácido.


También podía escuchar como los coches cruzaban la carretera que queda cerca del santuario. Demasiado cerca, lamentablemente, para el gusto de todos. Vehículos conducidos por gente que en su inmensa mayoría comen partes desmembradas de los habitantes que nosotros protegemos y cuidamos. A iguales de sus mismas especies, sin importarles el sufrimiento que hay detrás de todo, más que el efímero sabor de unos platos cargados de crueles historias, ignoradas por completo.

Los mismos hombres que les protegen, cuidan y respetan, a su vez los explotan, los oprimen, les quitan cualquier suspiro de libertad, de confort y de calidad de vida. Es como si unos marcianos llegaran a nuestro planeta y decidieran que somos tan simples intelectualmente como una lechuza respecto a ellos, y resulta ser cierto. Además, descubren que el sabor de nuestra carne es delicioso, por lo que nos afinan en granjas y nos engordan para consumirnos. Al mismo tiempo, un pequeño grupo de extraterrestres decide que aunque seamos "potencialmente inferiores" - por llamarlo de algún modo - sentimos y sufrimos tanto como ellos, y nos rescatan a unos pocos afortunados, dándonos protección en un santuario. ¿No serían para nosotros los seres más maravillosos del mundo por negarse a explotarnos aunque puedan y sea la tendencia?

Yo no hace tanto era como los que van dentro de esos coches, comía sin preguntarme de dónde venía la carne. Sin darle más vueltas. No me importaba, no conocía los detalles de la industria salvaje, me encantaba el sabor - y me sigue gustando, no es por eso que he dejado de comerla - y me consideraba animalista. Por supuesto, me parecía que la cadena alimenticia, tal y como me la habían enseñado en el colegio, era un buen argumento, y que estábamos con derecho de explotar y matar para comer, como se había hecho siempre desde la caza más primitiva. Por supuesto, ¿por qué no?

Pero tuve la suerte de que la misma amiga a la que hacía referencia en la entrada anterior, me pasó el enlace de una conferencia de un gran divulgador y activista vegano: Gary Yourofsky. El famoso discurso más la ronda de preguntas y respuestas, sí, ése. No me bastó más para dejarme muy impactado con lo que escuché y vi - y son pocas imágenes, pero suficientes - con lo que me fui a dormir realmente perturbado y pensando seriamente en dejar de comer carne y cualquier producto animal. Al amanecer lo tenía claro, iba a vivir vegano.



De hecho, me pareció realmente increíble que tardara tanto en dar este paso, si no antes como mínimo haber sido vegetariano. La razón es que siempre he tenido una gran empatía con todo ser vivo animal, sea insecto o mamífero. De pequeño jugaba a dar de comer a las hormigas de la terraza y observar cómo se llevaban cachos pequeños individualmente, y otros más grandes en grupo hacia su hormiguero. Mi hermana para putearme a veces cogía la manguera y las ahogaba, lo cual provocaba un llanto y tristeza terribles en mí. Con este simple ejemplo, se refleja el contraste tan grande, de poder comerme cualquier cosa sin hacer la conexión con el animal que había sido o del que había salido, mientras que al mismo tiempo me horrorizaba que un animal que yo viera sufriera. Estamos realmente programados para ignorar el sufrimiento en pro de un sabor y los intereses de una muy poderosa industria ganadera y alimenticia.

Se podría pensar que es difícil comer si no comes cosas de origen animal, pero muchos ya sabemos que no es así. Cada vez más gente lo sabe, incluso gente que no vive vegano ni vegetariano. Se pueden hacer excelentes platos, riquísimos y sanos. Es cierto que hay que cuidar la alimentación, pero es que los que tienen una dieta omnívora no suelen preocuparse demasiado que se diga, y también deberían cuidarla, obviamente. Cuando sale el tema del veganismo es común encontrarse con que todo el mundo es nutricionista, pero luego comen como el culo de equilibrado. ¿O es que no es común la falta de calcio a edades tempranas, hierro, anemias, anorexias, el cada vez más extendido sobrepeso y demás? Pues eso. Si te haces vegano, además de no colaborar en la explotación, privación de libertad y sufrimiento de animales inocentes, cuidarás muchísimo más tu alimentación por regla general. Con esto no digo que todos los omnívoros coman mal, pero salta a la vista que algo falla en un alto porcentaje viendo lo mencionado anteriormente.


Tras unos meses de comer y comprar vegano, sentía que no era suficiente, aunque no es poco, ni mucho menos. Dejar de comer sufrimiento y agonía es activismo a pequeña escala. Es tan sencillo como dejar de comprar para que se deje de criar, maltratar y matar. Si alguien cree que exagero en esos términos, le recomiendo que busque Earthlings en YouTube, por poner un ejemplo. Pues como decía, sentía que quería colaborar activamente con el movimiento, y ya conocía El Hogar de Luci de un tiempo atrás, por lo que fue fácil decidir que quería estar como voluntario. La cosa se atrasó más de lo que hubiera deseado, pero finalmente a finales de diciembre pude cumplir uno de mis grandes anhelos y experiencias que necesitaba.

La intención era quedarme indefinidamente, pues estoy en el paro y no tengo relación alguna conyugal, pero la cosa se torció cuando recibí una oferta de trabajo muy buena, para mediados de febrero. Fue difícil, muy difícil decidir qué hacer, y hasta el último momento de comunicar a los responsables del santuario el tiempo que iba a permanecer aquí, estuve dudando qué hacer. Pero necesito el dinero para muchas cosas: echar una mano a mis padres con la hipoteca, comprarme un respirador para las apneas, que me tienen jodido y no descanso nunca del todo, colaborar económicamente con el santuario con una cuota al mes, y otras cosillas... Siempre habrá tiempo de volver y pasar otra temporada más larga. Seguro que echaré mucho de menos estar aquí, y a todos los habitantes del santuario. Anhelaré el momento de regresar.

En fin, marcho a dormir porque lo voy a fliparrr.... He cumplido de momento, aunque ya fallaré ya, no creo que mantenga el ritmo de entrada diaria ni de coña. Un abrazo vegano para tod@s.


viernes, 11 de enero de 2013

La llegada

Comienzo por fin la primera entrada a este blog, tras haber pasado ya diecisiete días en el santuario de El Hogar de Luci, como voluntario fijo. He necesitado este tiempo para empezar a escribir y encontrar un buen momento, pues suelo terminar agotado, y sin demasiado ánimo para escribir. Pero hoy es distinto, ya estoy preparado e incluso lo necesito. La idea de este blog era más personal que otra cosa; algo para forzar la reflexión y pensar en todo lo que está suponiendo esta experiencia para mí.

Una gran amiga andaluza estará contenta de que lo haya empezado, ya que en parte ella me ha empujado a empezarlo hoy tras leer un mensaje suyo. La idea será mantener el ritmo de una entrada diaria, pero siendo realistas, sé que no lo cumpliré en la mayoría de ocasiones, pero se hará lo que se pueda. Sin más preludios, paso a contaros la vida en el santuario.


Conocí El Hogar de Luci a través de Facebook, esa gran red social que tanto servicio hace para tantas organizaciones sin ánimo de lucro, o rescates de animales y adopciones o acogidas. Para entonces yo ya vivía vegano, sin comer nada que proviniera de ningún animal ni comprando nada que utilizara sus pieles o cualquier parte de su cuerpo. Me enamoró la idea de los santuarios, que hasta entonces desconocía, y ya desde la distancia colaboré todo lo que pude con ellos, haciendo carteles para Facebook, llevando alguna campaña, y difundiendo todo lo posible.

En cuanto me enteré que necesitaban un voluntario residente no lo dudé ni un momento y pedí la plaza, que afortunadamente conseguí. No hace todavía un año que di el paso hacia el veganismo, y ya iba a poder hacer algo realmente conforme mi nueva forma de vida; ayudar con mis manos y mi tiempo a animales que lo han pasado realmente mal y se merecen tanto como tú o como yo, vivir en buenas condiciones, sin maltratos de ningún tipo y en armonía.

Llegué al santuario el veinticuatro de diciembre, como el niño Jesús al portal de Belén. A mí me recibieron ovejas, pero sin pastores que las explotaran, por supuesto. Una chica voluntaria estaba de guardia, y me recibió muy amablemente, me preguntó si quería cenar algo, a lo que contesté que no tenía hambre, y me llevó a donde iba a dormir todo el tiempo que pasara aquí. El sitio era la casa de los gatos leucémicos.

Es una casita pequeña, con dos camas y dos torres para gatos. La habitan cuatro preciosos gatos: Jorge, Rosita, Gala e Inés. Todos leucémicos, pero hacen una vida totalmente normal. La verdad es que es acogedora. Estoy a gusto entre tanto gato. Siempre despierto con tres de ellos en la cama, y me duermo entre “ronrons”.



Tras pasar la noche y amanecer, me dirigí a la casa oficina. De camino me encontré ovejas tiradas en la tierra, cobijadas bajo un árbol, mirándome tranquilas. Podía oír también los ronquidos de los cerdos, hundidos entre paja en sus casetas. Estaba encantado, dando los buenos días a todos y embobado observándolos a todos con la luz del día. Conocí a los responsables del santuario, una gente encantadora, amante de los animales y entregados a ellos con su tiempo y su vida. Realmente admiro su dedicación y voluntad.

Una vez bien desayunados, pasamos a conocer a todos los habitantes: cómo se les alimenta, cómo se les trata, las tareas diarias de mantenimiento, etc. De no haber visto apenas animales que no fueran de compañía en persona, pasé a ver a muchos de ellos y tener contacto directo: ovejas, cabras, cerdos vietnamitas, una “cerdita” – es enorme – ibérica, patos, ocas, palomas, gallinas, un gallo de pelea ciego, una vaca que iba a convertirse en hamburguesas y cada día está más grande… Me encanta estar rodeado de tantos animales.



Al principio estaba nervioso y tenía miedo de no hacerlo bien, pero en pocos días ya tenía la situación bastante controlada. Lo que peor llevo son las curas, pues siempre voy a ir con miedo de hacer daño, pero es necesario aprender y mejorar en este importante aspecto, ya que desgraciadamente muchos de los animales que llegan a los santuarios lo hacen en condiciones deplorables, víctimas de la explotación y/o la mano de sus mal llamados propietarios, y suelen necesitar de curas y cuidados intensivos.

Estoy conociendo muy buena gente y con los mismos ideales que yo respecto a todos los animales, y eso me está encantando. Donde vivo no tengo amigos veganos, y uno se siente bastante solo en ese aspecto. Puede parecer algo absurdo, pues también se pueden tener grandes amigos que no piensen como tú o coman de todo, o como mínimo yo los tengo, pero estar en un ambiente vegano es realmente reconfortante.

En fin, en la próxima entrada contaré lo duro que ha sido decidir qué hacer, si quedarme indefinidamente o hasta una fecha concreta, lamentablemente mucho más corta de lo que yo hubiera querido, pero no tengo alternativa. Lo dicho, en la próxima entrada cuento más, sobre la decisión y el porqué de haberme hecho vegano hace unos diez u once meses y hasta que suelte mi último aliento… Un abrazo vegano para tod@s.